viernes, 19 de noviembre de 2010

Otra Inflación: La de la Edad. Ámbito Financiero, 19 de Noviembre del 2010


En los últimos años cambió el concepto de envejecimiento en el mundo, ya que la población de mayor edad se vuelve cada vez más saludable. Esto permitiría replantear en la Argentina la edad de la jubilación, para que el 82% móvil lo puedan cobrar quienes se jubilen a partir de los 67 ó 68 años, con una calidad de vida mayor que en el pasado.

Uno de los últimos conceptos en materia de envejecimiento no surgió de la medicina sino de la economía. Se trata de la "inflación de la edad". Tenerlo en cuenta podría ayudar a resolver las cuestiones del 82% móvil y el Presupuesto Nacional 2011. Actualmente el paso de los años, médicamente hablando, pesa menos en nuestro cuerpo, cambiando el concepto tradicional de envejecimiento. Aunque en los países desarrollados crece la proporción de personas de edad avanzada, el horizonte de la expectativa de vida se aleja aún más rápidamente y se lentifica también el deterioro del organismo. Paradójicamente, la población envejece pero al mismo tiempo se vuelve más saludable.
Sin embargo, nos hemos quedado atados a la definición de vejez provista por la demografía clásica, cuando hay definiciones alternativas que son más atractivas para la medicina y la formulación de políticas públicas.
Para la demografía clásica el ser humano sería viejo por contar muchos años calendario en su haber.
Pero una definición alternativa es considerar "viejo" a quien está cerca del tiempo de morir de forma natural. Y otra podría considerar “mayor” a quien vive bajo los efectos de discapacidades propias de un cuerpo que involuciona.
Si por “vejez” entendemos contar muchos años calendario, entonces el mundo, y particularmente Europa y China (también la Argentina), envejecen a pasos acelerados: crece la proporción de personas de edad avanzada respecto de los jóvenes, debido fundamentalmente a que nacen menos personas, y las que hay demoran más en morir. En los países desarrollados, en el año 2005 había tres personas en edad laboral (15 a 64 años) por cada mayor de 65 años. Y esta relación será casi de uno a uno para el 2050.
En cambio, si por "viejo" entendemos alguien cuya muerte de causa natural está cercana, entonces el mundo desarrollado en realidad rejuvenece. Hoy en día una persona que cumple 65 años en Estados Unidos puede esperar vivir en promedio hasta los 84, mientras que en 1935 tendría que pensar en 77 años. De hecho, la proporción de personas de 70 años que transitan sus últimos 5 años de vida esta disminuyendo. El japonés, italiano, alemán, o australiano que cumplió 65 años de edad, bien puede planificar sus próximos 25 años de vida, porque en promedio vivirá hasta los 90.
Finalmente veamos el caso de la incapacidad. Indudablemente, con la edad el cuerpo humano involuciona en muchos aspectos físicos y mentales. Sin embargo este proceso es muy variable y hoy, en los países desarrollados, el deterioro se lentifica. Ingleses y americanos han comprobado que, si bien cada vez hay más gente de edad avanzada, la proporción de personas que viven con discapacidades en relación al total de la población adulta se mantiene constante o tiende a disminuir. Es decir que la población envejece pero también, y al mismo tiempo, se vuelve más saludable.
En consecuencia, dado que las edades calendario y biológicas ya no significan lo mismo, habría que replantear la edad de la jubilación. El 82% móvil podrá ser hoy impagable (o no), para quien se jubila a los 65, pero quizás podría ser viable a partir de los 67 ó 68 años. Además, la gente permanecería más tiempo en su obra social sin pasar al PAMI, aliviándolo, y el sistema general permitiría que todos sigamos activos algunos años más, lo que sumaría fuerza laboral a un país que la necesita desesperadamente dada su escasa población.

Realidades diferentes
Lamentablemente la tendencia hacia una población que envejece sanamente y vive más no es válida por igual para todos los países y regiones. La mortalidad entre 65 y 74 años es de 23 por mil habitantes en promedio en Gran Bretaña y de 24,6 por mil en la Argentina. Ahora bien, no sólo la vida después de los 65 es más corta en nuestro país, sino que además hay diferencias entre las distintas regiones.
En el año 2008, según las Estadísticas Vitales del Ministerio de Salud, en ese rango de edades morían 19,6 por mil habitantes en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires contra 32 personas cada mil en el Chaco, 29 cada mil en Misiones, 28 cada mil en Santa Cruz, y 27 cada mil en Formosa. Es decir que la probabilidad de morir entre los 65 y los 74 años de edad es un 50% mayor para quienes viven en el Noreste (es parecido en el NOA), comparado con la Capital Federal.
 Evidentemente no es justo que sólo algunos argentinos privilegiados tengan más años de vida saludable por delante, luego debemos hacer algo para que todos gocemos de este beneficio propio de países desarrollados.
Para ello hay algunas cuestiones que cuidar, en la medida de nuestras posibilidades: mantenerse laboralmente activo, practicar deportes, tener vida social y comunitaria, controlar el colesterol, la presión arterial y el azúcar, no fumar y conducir con cinturón de seguridad, además de contar con la ventaja de haber estudiado durante no menos de 12 años y gozado de buenos salarios.
Es decir que contar 75 cumpleaños y que el cuerpo acuse en realidad 65 es un privilegio condicionado fuertemente por factores sociales. Intervenir en este sentido es una prioridad. Después de todo, la inflación de la edad es probablemente la única inflación que todos estaríamos dispuestos a votar, y nos ayudará a superar el debate por la edad jubilatoria. 

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Artículo Publicado hoy en Consultor de Salud



El “Plan Médico Obligatorio” es un “...conjunto de prestaciones básicas esenciales garantizadas por los Agentes
 Seguro de Salud comprendidos en el Artículo I de la Ley 23.660...” . Éstas prestaciones médicas deben ser cubiertas por la Seguridad Social, y, de facto, por los servicios de medicina pre-paga. Sintéticamente el PMO indica al financiador aquello que indefectiblemente debe cubrir, y orienta al paciente respecto de lo que tiene “derecho” a reclamar. 
En el caso hipotético en que financiador y prestadores se ciñan estrictamente al PMO, podrían acotar la oferta de productos y servicios y limitar sus costos. Para el paciente el PMO funcionaría entonces como límite (u oportunidad) para la demanda de servicios de salud. Indudablemente necesitamos el PMO o algo parecido; pero su función en el sistema no es satisfactoria (Ver artículo completo).






http://www.consultordesalud.com/(jx5veo5551plwnrzquwjyt45)/EdicionImpresaActual.aspx?ddlPaises=1

Artículo de Opinión, Diario de Necochea


La ideología del retornoPDFImprimirE-mail
Martes, 09 de Noviembre de 2010 13:40
Nuestro pueblo comparte muchas cosas, pero falta ese olvido esencial que engendra lo común en la diferencia
 Dr. Carlos Javier Regazzoni*


Para la neurología el cerebro invierte un activo esfuerzo en olvidar. La causa del olvido no es la falta de capacidad acumulativa, sino la inhibición activa que el cerebro hace de ciertos recuerdos. Sin olvido no existiría lo nuevo. Todo nuevo día sería evocación incesante del primero, y no evolucionaría nuestro contenido conciente. Más allá de la neurobiología, cuando Renán se preguntó “que cosa es una nación” respondió que no sólo es un contenido espiritual común participado por un pueblo, sino que sobre todas las cosas, es un conjunto de olvidos compartidos. El olvido juega un rol fundamental en la configuración de la nación porque para manifestar una raíz nacional común necesitamos olvidar las diversas procedencias y todas aquellas cosas originarias que nos hacen distintos. Para que exista una nación todos debemos olvidar un poco nuestras diferencias, para ser un poco iguales... (Nota completa).



martes, 26 de octubre de 2010

Otro año sin reforma universitaria

El último 15 de junio se cumplieron 92 años de la Reforma Universitaria surgida en Córdoba. Este año el Congreso debería haber debatido una nueva reforma universitaria, para la cual existen varios proyectos en danza. Claramente, una vez más, no hubo espacio para aceptar un desafío, que probablemente sea el más decisivo para nuestro futuro como Nación: el de concebir una Universidad para el desarrollo, en la era global.

Uno de los problemas estratégicos más serios de la Argentina es el bajo nivel de capacitación de su población económicamente activa. Actualmente menos del 6% de nuestra población trabajadora posee un título universitario, contra más del 25% en cualquier país europeo o de América del Norte.
La diferencia es mucha, y se agranda cuando vemos nuestro desempeño en los últimos 70 años. En el Censo de 1947 esa proporción era del 1,7% y venimos creciendo a menos del 1% por década. Si esto se mantiene, tendremos que esperar 20 décadas para estar como Europa, Japón, o América del Norte hoy.
Cambiar la tendencia implicaría, por ejemplo, cuadruplicar nuestros egresados, y aún así nos estarían faltando 50 años. Y lo más preocupante es que el número de graduados está fijo alrededor de los 90.000 por año, desde el 2004. A este ritmo en realidad retrocedemos, porque la cantidad de gente que ingresa a la edad de trabajar sigue aumentando, y lo hace sin capacitación.
El problema no es sólo cuantitativo. Vocación individual aparte, nuestro país tiene el doble de médicos, abogados, y psicólogos de lo que necesita, y requiere con urgencia diez veces más ingenieros, químicos, físicos, matemáticos, y administradores. Por otro lado, debe cambiar la oferta de carreras; está demostrado que 70 a 80% de nuestros alumnos no permanece más de 3 años en la universidad. Luego se impone replantear el tipo de títulos que se otorgan; es preferible un título intermedio de bachiller universitario, similar al College americano, que luego será completado con un master específico dependiendo de la situación laboral individual, que un médico vendiendo equipamiento o un abogado administrando un sanatorio, actividades muy poco relacionadas a su extensa capacitación universitaria. Nuestra idea de “título profesional habilitante” ha quedado totalmente superada en el mundo entero, y la realidad productiva nos invita a cambiarla.
Además está demostrado que no es una cuestión de dinero. Producir un graduado genera a la sociedad un retorno del 20 al 30% anual sobre lo invertido, en mayor productividad y nivel salarial, según los cálculos del propio Banco Mundial entre otras investigaciones.
Un plan universitario serio tiene que multiplicar por cuatro la cantidad anual de egresados, debe cambiar la oferta curricular, debe dar vuelta como una media nuestros métodos pedagógicos en educación superior, y debe hacer fuerte hincapié en la investigación básica. Porque la Argentina produce unos 700 doctorados anuales, una cifra insignificante para competir en la sociedad del conocimiento; además, nuestra nación no aumenta sustancialmente su producción de trabajos científicos desde hace 10 años.  
Más allá de todo otro recurso, el crecimiento económico depende de personas concretas, con un conjunto de habilidades para generar valor en la sociedad. La instrucción superior tiene como principal misión brindar esas capacidades. En la Argentina la situación es muy seria, y con fuertes repercusiones a por lo menos, dos siglos vista.